sábado, 21 de mayo de 2011

Aún no sé por qué

¿Cómo puedo sentir tantos sentimientos encontrados dentro de mí, con tan poca cosa? Basta escuchar una canción. Miles de sentimientos diferentes, efervescentes, desde mi nuca hasta los tobillos.

Me gusta la máxima idea de sentir. Sentir algo. A veces, me gusta sentirme mal. Las canciones de desamor tienen el mismo sabor, no es por eso. Me gusta sentirme mal, triste, apagada, indiferente a nada, conformista a todo. Para de pronto poder oler el olor a tierra mojada. O para recordar, en un fogonazo de luz brillante y candente a lo último, la ingenuidad de la infancia y lo correcto que parece todo. El mundo es menos complicado que un rompecabezas de dos piezas. Para eso, sentirme mal, para de pronto entender, darme cuenta de que estoy viva. Y sí, eso es lo único que importa en el fondo. Y poder saborear fresas con mostaza. Y luego la nata. A bocados. Vorazmente y soezmente.

Recordar mi vida como una película primeriza de los hermanos Lumière. Tener en cuenta que estoy creando recuerdos para complacerme y regodearme luego. Quizás para vapulearme, ellos. Sentirme mal, para de pronto sentirme peor, y pensar en un significado. A algo. Aún no sé a qué. Mirar mi sonrisa. Sentirme bien pensando que las sonrisas rompen fronteras y banderas. Y corazones. Pensar en el millón de personas que hacen lo mismo que yo en este instante. En este puto y preciso instante en el que me siento mal y lloro. Aún no sé por qué.

Sentirme mal, para sentirme viva sintiendo frío en los dedos de las manos. Sangre en los labios. Rabia, en la boca del estómago. Miedo. Metido en la cabeza. Sentirme mal, para sentirme extraña, diferente. No sé querer. A veces me siento mal, porque me veo en blanco. Aún no sé por qué. No sé querer. Sentirme mal, y sentirme mal, durante tiempo. Aún no sé por qué. Ni la hierba entre los pies, ni las piedras, ni la desnuda arena me hacen sentir bien.

Entonces me asusto. Los borrachos dicen verdades. Los niños también. El sol. Sentirme muy mal durante tiempo para luego ver el sol. Eso me hace sentir bien. Hasta que llueve. Y entonces ni estar viva tiene mucho efecto. Es un bucle. Si llueve poco; un rizo. Pero la música. La música. Sentirme mal y escucharla. Para sentirte mil veces peor; quizás, algo mejor; tal vez.

La conciencia. Perversa. En exceso, más que yo. Susurra que viva. Que sienta. Que estoy viva. Que sea hija de puta, me queda mucho por delante y el camino es largo. O corto. Me gusta Sid Vicious. La conciencia me impulsa a salir a la calle. La música sigue puesta. La oigo. A lo lejos. No brilla en el cielo. La siento en mi cabeza desvaneciéndose. Llueve. Diluvia. No hay viento ni truenos ni rayos ni relámpagos. Aunque el ambiente está eléctrico. Eléctrico azul el cielo. Grito. Viva, estoy viva. Joder.

Vuelvo a subir a casa. Mis ojos grandes, almendrados, impenetrables me escrutan desde los pequeños charcos que he ido creando a lo largo del pasillo. Como un caleidoscopio. A la vez, no distingo si afirman o me interrogan. Sentirme mal, muy mal. Aún no sé por qué. Una montaña rusa verde. La música no se escucha. No hay sol. Es un bucle, pensó Odette.

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