jueves, 26 de mayo de 2011

El pintalabios verde

Las botellas de vidrio de Murano descansan. Vacías, sin esencia, con su olor como último recuerdo y con marcas de pintalabios granate en la embocadura, mezcladas, esas marcas, con la huella de alguna sonrisa llorada o de un atisbo a reflexiones sobre la libertad y el pasado. Hay trozos de etiquetas de whisky caro deshechas por el suelo, torturadas, rotas, como la creación en el escritor a las tres de la madrugada. Suena música francesa, de los años 60 o anteriores. Reggiani y Gainsbourg hacen compañía a Odette en esta tarde disfrazada de vigilia nocturna inacabable. Ha estado llorando hace un rato. Aunque no sabe por qué. Siendo francos, tampoco lo recuerda. Recuerda, y gracias a que lo ha ido repitiendo en voz alta y escribiéndolo frenéticamente en las libretas para escribir, que ha llegado a la conclusión de que tan sólo somos amebas. Nos mecemos en un espacio de agua sucia a favor del viento. Y no tenemos capacidad para elegir. Nunca. Aunque nos lo parezca. Nunca vamos a poder elegir, ni escoger, por muchos sinónimos que se busquen. Tampoco tenemos opinión. Ni fija ni movible. Simplemente no la hay, nos la infunden.

Son las ocho de la tarde de una tarde de primavera. Odette se ha encontrado sentada en el suelo con botellas de vidrio de Murano descansando. Vacías, sin esencia, con su olor como último recuerdo y con marcas de pintalabios granate en la embocadura. Odette se sonríe. No me acordaba que llevaba pintalabios, se dice. Ni siquiera me gusta el color granate. Me gusta el verde. Que coño hago con mi vida que no tengo un pintalabios verde.

La sangre brota de su nariz. Borrachera y movimientos bruscos no son buena combinación ¿Y esta libreta? Odette lee lo que había escrito. La vida es una mierda, se sigue contestando. O convenciendo. Odette ha decidido ir a comprar un pintalabios verde. Sale por la puerta con más cara de gilipollas que de borracha. Está de nuevo en una de sus montañas rusas. Ahora se siente extremadamente bien por el simple hecho de estar viva y poder hablar francés. Se repite en sus adentros la letra de la canción que había estado escuchando de Reggiani. Luego sonríe. Lascivamente. Su vecino del quinto se cruza con ella en la escalera. Siempre le ha visto más prepotencia que preponderancia, pero hoy le ve unos grandes ojos oscuros.

Odette entra en la droguería de la calle de al lado de su casa y se apoya, literalmente, encima del mostrador. Paulatinamente, le dice a la dependienta “quiero un pintalabios verde oscuro, pero no muy oscuro, pero no verde claro, si es fosforito me da igual, madame nostalgie”. Si no hubiese sido porque en la mano de Odette la dependienta divisó un billete, la habría intentado echar de la tienda. Le enseñó el pintalabios, uno de color verde oscuro. Odette apretó el billete entre sus largos dedos de pianista y enarcó una ceja. Dame, le ordenó, sin duda en la voz, firme, seca, divertida. La chica la miró con miedo. “Quiero ver si me queda bien en los labios”. La chica dudó y luego le dio el pintalabios, asumiendo casi que tendría que poner de su bolsillo los dos euros del robo. Odette le quitó el plástico que lo envolvía con la boca, tragándose un pequeño trozo que escupió soezmente al suelo y se acercó al espejo, tambaleándose. Se pintó los labios milimétricamente. Sólo los labios. Luego dio un beso al aire. Luego dio un beso al espejo. Cantando Reggiani, con los ojos llorosos, cerrados, notaba el aliento fétido que desprendía, y casi al tener su imagen tan cerca suyo podía notar el calor de otra persona. Acercándose a su boca con el mismo color de pintalabios verde oscuro. Odette pudo notar el olor de esa persona. A armario de madera viejo y a montaña a primera hora de la mañana. “No me gusta el color”.

Odette se encontró de bruces con un hombre calvo. La cogió por la cintura y le quitó el billete. La echó de la tienda. Odette se quedó en la calle, con tres euros a sus pies, que no recogió. La chica se escondía detrás del hombre calvo. Puto hombre calvo, pensó. A la chica la miró y le sonrió entrecerrando los ojos. Sé dónde encontrarte, pensó, riéndose a carcajadas, sola, en medio de la calle, imitando la voz de los malos de las películas sesenteras de asesinatos.

Odette regresó a casa mirando el pintalabios fijamente. En el ascensor dibujó una gran polla. Al llegar a casa volvió a sentarse en el suelo, algo menos confusa, y se repasó milimétricamente de nuevo los labios con el carmín. No sé cómo he podido vivir sin pintalabios verde tanto tiempo. Abrió otra botella y bebió a morro, intentando dejar una marca de sus labios en el cuello de ésta. Lo consiguió. Miró la huella de su boca con vehemencia y vanagloriándose. Podría suicidarme ésta misma noche, pensó. Ahora mismo. De mil maneras. Se levantó y se subió encima de la mesa con gran esfuerzo. El pintalabios verde iba en su mano, de viajero privilegiado ¡He escogido la peor forma de suicidarme! Con teléfono en mano, marcó un número. He escogido la peor forma de suicidarme. He escogido la peor forma de odiarte. Luego colgó. Lloraba, a voz en grito, a pleno pulmón. Sin dejar de pintarse los labios de verde oscuro, lloraba. Una arcada la ahogó. El llanto se interrumpió. El teléfono que sonaba siguió sonando. Odette vomitó. Blanca, con los ojos apagados y con sabor a cera en la boca, murmuró:

No sé qué he hecho toda mi vida sin pintalabios verde.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Análisis de películas: May: la muñeca diabólica

16 de mayo de 2011. 16:14. Lunes.

Acabo de ver la película May: la muñeca diabólica. Una película con un final predecible desde el inicio. Catalogada en la sección miedo-gore. Poco gore, creo. Miedo ninguno, solo sobresaltos musicales y ambiente tenso por el decorado. Y no jodamos, la muñeca no ayuda. Creo que he sido una de las pocas personas de mi clase que después de verla ha podido decir que le ha gustado. Quizás comparto rasgos psicópatas con May, quizás me gusta por ser algo diferente a la igualdad que hay en televisión.

Después de verla me siento extraña. La culpa de los asesinatos cometidos por ella, ¿de quién son? Sí, los hizo ella, pero ¿por culpa de…? La sociedad. Si la sociedad la hubiese aceptado con su estrabismo, y no la hubiese marginado, su vida no habría sido así. Un amigo. Ni eso, un ser que le hablase. Luego, sus padres. Extraños hasta la médula.

Tenemos un gran potencial para crear asesinos en potencia y no nos estamos dando cuenta Sería momento de empezar a pensar en lo que estamos haciendo. Ella es estrábica, pero tú eres gordo, tú no, pero eres idiota. Y así todos y uno por uno. May se alimentó a su vez de rencor. Rencor. Yo tengo rencor. A veces no sé hacia qué o quién.

En estos momentos me pregunto si sería capaz de matar a alguien. Puestos a matar la inocencia, matemos a alguien, ¿no? Me atrae lo extraña que es la protagonista., el mundo interior que se ha creado. Sus movimientos catárticos. Tiene unas manos feas. Le gustarían mis manos.

domingo, 22 de mayo de 2011

Capables

Llega un punto del día, entre tantas acampadas, manifestaciones, concentraciones, asambleas y votaciones, que parece que nada tenga mucho sentido. La sensación de gritar cuando callo. Palabras de gente ajena que saluda cual reunión de alcohólicos anónimos. Palabras que se acaban convirtiendo en cascabeles lejanos, o en el ruido de las serpientes. El de las lenguas bífidas. Gente que protesta porque está de moda protestar. Y hoy en día hay mucho moderno suelto. Que miran con cara de asesino si les dices que las pelis orientales acarrean bostezos y el resurgimiento de los problemas. Igual que la madrugada. Gente que vitorea cualquier frase pronunciada con una entonación adecuada. Gente que incrusta el espacio para los aplausos en sus discursos.

No llegaremos a nada, nos dicen. Esto es otra cosa más de las de siempre, no vayas, me dicen. No tenemos nada en claro. Ninguno. Nadie.
Personne. Yo afirmo que lo único que tenemos claro es que esto no funciona. Sea lo que sea. Hagamos historia. Veamos que sí hay personas capables, ou pas capables? de cambiar algo. Empezando por nosotros mismos. Hemos de cambiar(nos). Cambiar las idealizaciones por hechos. Las abstracciones por demostraciones. Y el miedo en acciones. Lo demás, vendrá solo.

No tenemos mucho tiempo para nuestros ideales, pero las grandes revoluciones no se hacen en un día.

sábado, 21 de mayo de 2011

Aún no sé por qué

¿Cómo puedo sentir tantos sentimientos encontrados dentro de mí, con tan poca cosa? Basta escuchar una canción. Miles de sentimientos diferentes, efervescentes, desde mi nuca hasta los tobillos.

Me gusta la máxima idea de sentir. Sentir algo. A veces, me gusta sentirme mal. Las canciones de desamor tienen el mismo sabor, no es por eso. Me gusta sentirme mal, triste, apagada, indiferente a nada, conformista a todo. Para de pronto poder oler el olor a tierra mojada. O para recordar, en un fogonazo de luz brillante y candente a lo último, la ingenuidad de la infancia y lo correcto que parece todo. El mundo es menos complicado que un rompecabezas de dos piezas. Para eso, sentirme mal, para de pronto entender, darme cuenta de que estoy viva. Y sí, eso es lo único que importa en el fondo. Y poder saborear fresas con mostaza. Y luego la nata. A bocados. Vorazmente y soezmente.

Recordar mi vida como una película primeriza de los hermanos Lumière. Tener en cuenta que estoy creando recuerdos para complacerme y regodearme luego. Quizás para vapulearme, ellos. Sentirme mal, para de pronto sentirme peor, y pensar en un significado. A algo. Aún no sé a qué. Mirar mi sonrisa. Sentirme bien pensando que las sonrisas rompen fronteras y banderas. Y corazones. Pensar en el millón de personas que hacen lo mismo que yo en este instante. En este puto y preciso instante en el que me siento mal y lloro. Aún no sé por qué.

Sentirme mal, para sentirme viva sintiendo frío en los dedos de las manos. Sangre en los labios. Rabia, en la boca del estómago. Miedo. Metido en la cabeza. Sentirme mal, para sentirme extraña, diferente. No sé querer. A veces me siento mal, porque me veo en blanco. Aún no sé por qué. No sé querer. Sentirme mal, y sentirme mal, durante tiempo. Aún no sé por qué. Ni la hierba entre los pies, ni las piedras, ni la desnuda arena me hacen sentir bien.

Entonces me asusto. Los borrachos dicen verdades. Los niños también. El sol. Sentirme muy mal durante tiempo para luego ver el sol. Eso me hace sentir bien. Hasta que llueve. Y entonces ni estar viva tiene mucho efecto. Es un bucle. Si llueve poco; un rizo. Pero la música. La música. Sentirme mal y escucharla. Para sentirte mil veces peor; quizás, algo mejor; tal vez.

La conciencia. Perversa. En exceso, más que yo. Susurra que viva. Que sienta. Que estoy viva. Que sea hija de puta, me queda mucho por delante y el camino es largo. O corto. Me gusta Sid Vicious. La conciencia me impulsa a salir a la calle. La música sigue puesta. La oigo. A lo lejos. No brilla en el cielo. La siento en mi cabeza desvaneciéndose. Llueve. Diluvia. No hay viento ni truenos ni rayos ni relámpagos. Aunque el ambiente está eléctrico. Eléctrico azul el cielo. Grito. Viva, estoy viva. Joder.

Vuelvo a subir a casa. Mis ojos grandes, almendrados, impenetrables me escrutan desde los pequeños charcos que he ido creando a lo largo del pasillo. Como un caleidoscopio. A la vez, no distingo si afirman o me interrogan. Sentirme mal, muy mal. Aún no sé por qué. Una montaña rusa verde. La música no se escucha. No hay sol. Es un bucle, pensó Odette.